viernes, 16 de septiembre de 2011

Inmigrantes como moscas...

José de la Cruz Porfirio Díaz Mori (Uno de los personajes más desprestigiados y vilipendiados en México, tal vez junto con la Malinche, Cortez, Santa Ana, Iturbide, Huerta, Echeverría y todos los presidentes que le precedieron), nace en Oaxaca de Juárez, Oaxaca, un 15 de septiembre de 1830. Durante los años de su mandato al frente del insipiente gobierno mexicano, cambió el festejo (ya desde entonces tergiversado) del grito del cura Hidalgo a levantarse en armas en contra de los usurpadores franceses, realizado el 16 de septiembre de 1810 en el pueblo de Dolores, para que se acoplara con el cumpleaños del llamado ahora dictador.

Nada de viva México… nada de viva la democracia, república o demás artilugios modernos… más bien ¡Viva la monarquía!, ¡Vivan las clases sociales y los privilegios de los favorecidos por ella!, ¡Y viva Porfirio en su natalicio!

Mucho es lo que podría hablar de las historias mitológicas de mi país… mucho podría hablar de las desventuras de un solo personaje como lo fue “Miguel Hidalgo”, que hoy vive en el recuerdo como un padre arquitecto de un país alimentado de mitos… desde héroes vistos como villanos hasta personajes ficticios como los niños héroes, rescatados de poemas de “Nervo”… mientras que otros como Miguel Miramón que sí peleó contra los estadounidenses aquel 13 de septiembre de 1847 en Chapultepec, no será recordado por ello, por cometer el pecado de ser enemigo del hijo prodigo… del que no se acepta critica… del que se espera todo sueño indígena e identidad mexicana… de aquel mito llamado Juárez.

201 años de mitos, tergiversaciones y cultura fallida tienen a México donde lo tiene… un pueblo que vive en la ensoñación… un pueblo que no ve que es la razón de sus pesares… Un pueblo que alberga una persona tan decepcionada de la cultura mexicana como lo soy yo…

Pero así como a la máxima dificultad le llega su solución plena, así también a la tristeza y enfado infinito le llega su esperanza.

Y la esperanza se manifestó cuando se me ocurre echar un ojo a la bandeja de correos viejos, esos que por falta de nombre atractivo para mis fines, dejo para días venideros...

Era un correo enviado por mi padre, un video muy particular llamado: “Inmigrantes como las moscas”



Después de ver el video anterior… no me quedó más que responderle:
-¿No todo está mal verdad??????

Mi padre me dio algo por qué gritar de alegría…

¡Vivan las patronas de Veracruz!

¡Viva Leonila Vázquez…!
¡Viva Norma Romero…!
¡Viva Rosa Romero…!
¡Viva Clementina Romero…!
¡Viva Francisca Romero…!
¡Viva Leonila Romero…!
¡Viva Lidia Laura Reyes…!
¡Viva Guadalupe González…!
¡Viva Juana Anaïs Romero…!
¡Viva Lourdes Romero…!
¡Viva Bernarda Romero…!
¡Viva María del Pilar González…!
¡Viva Mariela Nájera…!
¡Viva Fabiola González…!

Y... ¡Viva México!

domingo, 4 de septiembre de 2011

Más que mil palabras…



Un joven trastornado pasea desnudo por una calle del Down Town de Puerto Príncipe (Haití), días después del terremoto que asoló el país. La fotografía fue tomada el 4de febrero de 2010.- CRISTÓBAL MANUEL

"Hable con él, pero solo sonreía. Estaba como ido", recuerda...

sábado, 3 de septiembre de 2011

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen (Parte#2 de 2)

Sal con una chica que lee (Por Rosemary Urquico)

Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca.

Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería. ¿Ves a esa chica un tanto extraña oliendo las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Es la lectora. Nunca puede resistirse a oler las páginas de un libro, y más si están amarillas.

Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas. Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos.

Invítala a otra taza de café y dile qué opinas de Murakami. Averigua si fue capaz de terminar el primer capítulo de Fellowship y sé consciente de que si te dice que entendió el Ulises de Joyce lo hace solo para parecer inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si quisiera ser ella.

Es fácil salir con una chica que lee. Regálale libros en su cumpleaños, de Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Comprende que ella es consciente de la diferencia entre realidad y ficción pero que de todas maneras va a buscar que su vida se asemeje a su libro favorito. No será culpa tuya si lo hace.

Por lo menos tiene que intentarlo.

Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo; no será el fin del mundo.

Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una y otra vez y aun así seguir siendo el héroe. También es consciente de que durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos.

¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la saga Crepúsculo.

Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y cuando a las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su pecho, prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas durante un par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los protagonistas del libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre lo son.

Le propondrás matrimonio durante un viaje en globo o en medio de un concierto de rock, o quizás formularás la pregunta por absoluta casualidad la próxima vez que se enferme; puede que hasta sea por Skype.

Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás la historia de ustedes, tendrán hijos con nombres extraños y gustos aún más raros. Ella les leerá a tus hijos The Cat in the Hat y Aslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminarán juntos los inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro mientras tú sacudes la nieve de tus botas.

Sal con una chica que lee porque te lo mereces. Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si solo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee.

O mejor aún, a una que escriba.


Fuente:
http://elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=1904&pag=2&size=n

jueves, 1 de septiembre de 2011

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen (Parte#1 de 2)

Sal con una chica que no lee (Por Charles Warnke)

Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela.

Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta.

Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe.

Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.

Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato.

Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo countinuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida.

Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza.

No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.


Fuente:
http://elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=1904&pag=1&size=n

miércoles, 24 de agosto de 2011

El recuerdo de Borges

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges (Buenos Aires, 24 de agosto de 1899 – Ginebra, 14de junio de 1986)




“Tenemos la necesidad del olvido. La mente de Funes era un basurero, carecía de lógica al estar aplastado por su nítida memoria.“dice el comentario de un usuario al final del video…

Yo creo que es un error… no se necesita olvido… se necesita discernimiento… Nos pasamos la vida tratando de recordar lo que olvidamos al convertirnos en un “ser”… pero una vez recordado algo, hay que discernirlo entre lo más útil y lo menos…

martes, 23 de agosto de 2011

Credibilidad, descaro y deuda by Paul Krugman...

Credibilidad, descaro y deuda
PAUL KRUGMAN

09-08-2011


Para entender el furor que ha causado la decisión de la agencia de calificación de riesgos financieros Standard & Poor's (S&P) de rebajar la deuda del Gobierno estadounidense hay que tener en cuenta dos ideas en apariencia contradictorias, aunque realmente no lo sean. La primera es que Estados Unidos ya no es de hecho el país estable y fiable que era antes. La segunda es que el propio S&P tiene todavía menos credibilidad; es el último sitio al que uno debe acudir para obtener una opinión sobre las perspectivas de nuestro país.

Empecemos por la falta de credibilidad de S&P. Si hay una palabra que describa la decisión de la agencia de rebajar la calificación de Estados Unidos, esa palabra es descaro, tradicionalmente definido por el ejemplo del joven que mata a sus padres, y luego implora piedad porque es huérfano.

Después de todo, el elevado déficit presupuestario de Estados Unidos es consecuencia fundamentalmente de la recesión económica que siguió a la crisis financiera de 2008. Y S&P, junto con otras agencias de calificación hermanas, desempeñó un papel importante en la causa de esa crisis, ya que otorgó calificaciones triple A a activos respaldados por hipotecas que desde entonces se han convertido en residuos tóxicos.

Y la falta de criterio no termina ahí. S&P es tristemente famosa por haber dado a Lehman Brothers, cuyo hundimiento desató un pánico mundial, una calificación A hasta el mismísimo mes de su defunción. ¿Y cómo reaccionó la agencia después de que esta empresa con calificación A quebrara? Emitiendo un informe en el que negaba que hubiera hecho algo mal.

¿Y esta gente está dictaminando ahora la solvencia de los Estados Unidos de América?

Esperen, que la cosa se pone mejor. Antes de rebajar la deuda estadounidense, S&P envió un borrador preliminar de su nota de prensa al Tesoro de Estados Unidos. Los funcionarios del Tesoro rápidamente detectaron un error de dos billones de dólares en los cálculos de S&P. Y el error era la típica cosa que cualquier experto presupuestario debería haber hecho correctamente. Después de deliberarlo, S&P reconoció que se había equivocado, y bajó de todos modos la calificación de Estados Unidos, después de eliminar parte del análisis económico de su informe.

Como explicaré dentro de un minuto, no hay que dar demasiada importancia a esos cálculos presupuestarios en ningún caso. Pero el episodio difícilmente inspira confianza en el criterio de S&P.

En términos más generales, las agencias de calificación nunca nos han dado ninguna razón para tomarnos en serio su opinión sobre la solvencia nacional. Es cierto que la calificación de los países en situación de impago por lo general había sido rebajada antes del hecho. Pero en esos casos las agencias de calificación se limitaban a seguir a los mercados, que ya se habían vuelto contra estos deudores problemáticos.

Y en esos raros casos en los que las agencias de calificación han rebajado la calificación de países que, como Estados Unidos ahora, siguen contando con la confianza de los inversores, se han equivocado sistemáticamente. Pensemos, en concreto, en el caso de Japón, cuya calificación S&P rebajó en 2002. Pues bien, nueve años después, Japón sigue pudiendo pedir préstamos baratos con toda libertad. De hecho, el viernes, el tipo de interés de los bonos japoneses a 10 años era de solo un 1%.

Por eso no hay ninguna razón para tomarnos en serio la rebaja de calificación del viernes. Son los últimos de cuya opinión debemos fiarnos.

Y sin embargo, Estados Unidos tiene en efecto graves problemas. Estos problemas tienen muy poco que ver con la aritmética presupuestaria a corto plazo y ni siquiera a medio plazo. El Gobierno de Estados Unidos no está teniendo ninguna dificultad para pedir préstamos y cubrir su déficit actual. Es cierto que estamos acumulando deuda, por la cual acabaremos teniendo que pagar intereses. Pero si de hecho hacen la operación de recitar números altos con su mejor voz de doctor malvado, descubrirán que hasta unos déficits muy elevados a lo largo de los próximos años tendrán un impacto extraordinariamente pequeño en la sostenibilidad fiscal de Estados Unidos.

No, lo que hace que Estados Unidos parezca poco de fiar no son las matemáticas presupuestarias, sino la política. Y, por favor, ahorrémonos las declaraciones habituales de que la culpa es de los dos. Nuestros problemas son casi enteramente cosa de uno. Concretamente, se deben al auge de una derecha extremista que está dispuesta a crear crisis repetidas antes que ceder un ápice en sus demandas.

La verdad es que desde el punto de vista de la economía pura, los problemas fiscales de Estados Unidos, que ya vienen de antiguo, no deberían ser tan difíciles de arreglar. Es cierto que el envejecimiento de la población y la subida de los costes sanitarios, con la política actual, harán que el gasto aumente más rápidamente que la recaudación de impuestos. Pero Estados Unidos tiene unos costes sanitarios mucho más elevados que ningún otro país avanzado, y unos impuestos muy bajos según criterios internacionales. Si pudiésemos acercarnos aunque solo fuera un poco a las normas internacionales en estos dos frentes, se resolverían nuestros problemas presupuestarios.

Entonces, ¿por qué no lo hacemos? Pues porque en este país tenemos un poderoso movimiento político que, ante los modestos esfuerzos para emplear los fondos de Medicare de forma más eficaz, clamaba que nos amenazaban "paneles de la muerte", y prefería arriesgarse a una catástrofe financiera antes que acceder siquiera a un céntimo de ingresos adicionales.

La verdadera incógnita a la que se enfrenta Estados Unidos, incluso en términos puramente fiscales, no es si recortaremos un billón aquí y allí de los déficits. Es si los extremistas que ahora bloquean cualquier clase de política responsable pueden ser derrotados y marginados.